jueves, 12 de junio de 2014




 
II

                      Mario

 

                                                                             

 

 

                                                             “decir más que esto/en realidad
                                                     no quiero/visto
                                                     el duro olvido general/las pérdidas de guerra/el
                                                     escándalo de la belleza incesante


                                                                                Juan  Gelman

 

 

 

 

Un lento respirar me fuerza  a detenerme en las últimas cuadras. Abro ampliamente los pulmones. Lento y profundo, como me dijo el doctor Suárez:

—Mario, entiendo por lo que usted está pasando pero no se extralimite, su corazón está estabilizado con el by pass, pero los nervios…cuídese.

Los pies apoyados  apenas sobre  una fracción de cemento que me rechaza como si yo estuviese de más  en este lugar y mi cabeza fuese una caverna, donde  las palabras me rebotan en ecos de un llamado visceral.  Inés, ¿dónde estás, Inés?

No puedo  dejar de pensar en la última imagen que mis ojos se llevaron de ella,  cuando ayer dejamos la casa, para viajar con Marta hacia aquí: la foto de Inés. Inés envuelta en la túnica blanca que le hizo su madre. Si me parece estar viendo a mi mujer sobre la máquina de coser haciendo como siempre dos vestidos iguales. Uno para cada una, pero al final sólo Inés se lo puso. Para  Andrea era una bolsa Así dijo: Una bolsa informe. Se encerró en la habitación para salir justo a las siete,  hora en que vino a buscarla Jorge para ir a la fiesta de graduación en  el Club Independencia.

-—Chicas, —les dije, —lleven la Polaroid y tómense una foto juntas. Pero Andrea no quiso perpetuar ese momento. No estaba conforme con el vestido que había elegido, ni del  peinado que se le había arruinado con la humedad y que se yo cuantas otras excusas puso  para no salir en la toma.

 ¡Qué lástima¡ ¡Como me hubiese gustado tener una fotografía de las dos juntas! Hacía mucho tiempo que no lo hacían. Antes, de chiquitas, había que retarlas. Siempre del brazo, enredadas  en una continúa  trenza de dedos. Al mirarles las manos no se podían diferenciar cual pertenecía a cual. No se despegaban. Si hasta en la escuela las maestras nos recomendaban:

-—Hay que separarlas un poco. No es bueno que estén tan unidas. Después van a sufrir ¡y cómo sufrieron Dios!, ¡cómo sufrieron!

Recuerdo ese día en detalle. Sé que para Inés fue muy importante, se había animado a presentarnos a Juan, su novio. Me gustó el pibe, a Marta también. Además era bueno que no estuvieran solas en Buenos Aires. Matilde era muy tímida y un hombre para acompañarlas nos pareció que sería una buena idea. Los tres se habían anotado en la Facultad de Abogacía y pensaban alquilar un departamento para compartir los gastos.

Jorge y la melliza se les sumaron  y así los cuatro, despidiéndose, se fueron  en el Gordini.  Le presté el auto  con ganas,  el novio de Andrea manejaba muy bien y era muy responsable, así que nos quedamos tranquilos. Contentos por ellas. Las dos con novio. ¡Como pasaba  el tiempo!, ¡no lo podíamos creer! Me parecía que había sido ayer cuando les hacía caballito una en cada pierna.

El calor estremece cada poro de mi cuerpo. Se me hace interminable la larga vereda de Avenida del Libertador

—Falta poco, sólo dos cuadras—mi mujer trataba de animarme

— ¿Qué pregunto Marta? ¿Cómo lo hago?

—Así de simple—me contestó con esa fortaleza que me parecía abrumadora— ¿Tienen  a Inés Domínguez detenida aquí? ó ¿Está Inés Domínguez aquí? —agregó

—No se si voy a poder, Marta.

-—Eso lo veremos cuando estemos frente a ellos. Vos no te preocupés.

Cierro los ojos. Abro los brazos intentando abrazarla  desde la transparencia. Quiero convertirme en  pájaro. Ser viento, o apenas  un grano de tierra desaforado. Rodando, volando hasta llegar a ella aunque sea sólo para rozarla y sentir su presencia.

La tela de mi camisa parece que va a estallar  como una vela desgarrada por la tormenta. Aprieto los ojos y  me dejo llevar por el brazo de Marta que me arrastra  como un  barco varado en el medio de una meseta.

La figura de Inés se construye en mi cabeza mientras la tela gime y gime.

-—Mario, ¿qué te pasa? No te vayas a descomponer ahora, ya llegamos.

— ¡No! No mujer ¡dejate de joder! Estoy bien.

Miro hacia arriba. El cielo se ve  más intenso que la tierra. Vibra de colores hasta enrojecerse en un fuego profundo y cambiante. Sanguíneo y gigantesco, parecido a la angustia que quiere tragarme.

— ¡Tiene que estar viva, Marta!, Tiene que estarlo, sino me muero.

—Tantas discusiones vanas al final de la cena e Inés callada. Sólo escuchando y haciendo dibujitos con lo que quedaba en el plato que siempre era mucho porque casi no comía nada cuando discutíamos—Recordó mi mujer.

 Lo que mucha gente del pueblo  no sabe es como se sucedieron  los  hechos que forman las piezas de este  macabro rompecabezas. Mi hija estaba en contra de esta forma de gobierno que se encargó de hacerla desaparecer. Yo trataba de convencerla de lo contrario, diciéndole que eran cosas de jóvenes. Que no se metiera en nada…que tenía miedo por ella, ahora que se iba a la ciudad. Miedo tengo ahora de no encontrarla.

Después de lo Inés, sin  profesar sus ideas me uní a algunos  sindicatos y organizaciones, sólo por tratar de recuperarla, porque me dijeron que  ellos estaban trabajando en las búsquedas, pero nada de eso dio frutos. La  habían secuestrado y en el fondo de mi ser temía no volver a encontrarla. Sin embargo  esa rabia me dio más fuerza para buscarla. Yo sólo soy un simple empleado del único banco que hay en Andecito. Un laburante que vivía sólo para mi familia. Levándosela nos destruyeron. Esos hijos de puta me arrancaron un pedazo de mi carne.

¡Inés!, ¡Mi princesa! ¿Dónde estás?

— ¿Dónde estará Marta? Vos viste cuantas veces traté de convencerla para que dejara la Facultad y se volviera al pueblo que es más seguro.

—Culpándote no ganamos nada Mario

—Inés, le dije esa noche ¿te acordás? Cuidate. Mirá que esos tipos no se “andan con chiquitas”. Tené cuidado hija. ¿Por qué no hacés como Andrea?   Piensa casarse con Jorge. ¿Por qué no te volvés al pueblo? Todos estaríamos más tranquilos.

—Mario. Dejá de recriminarte. Te va a hacer mal. Ya te dijo el doctor. —Mario no la escuchaba.

—Mirá que son lindas ustedes, — les dije.

— Sí, me acuerdo. —Contestó Marta sonándose la nariz— Yo te respondí: dejala Mario que ya es grande y sabe lo que hace ¿Entonces lo que le  pasó es culpa mía por permitirle que se fuera? No, Mario. La culpa no es nuestra. Es de estos desgraciados que nos arruinaron la vida al llevársela.

-—Papá, me rebatió ella, —Mario repetía las palabras de su hija— Sabés. No soy como Andrea. No quiero quedarme aquí en Andesito. Quiero progresar. Ser abogada. Es mi oportunidad, papá. Además  ya estás al tanto de que estoy de novia con Juan. No, no me mirés con esa cara si ya te lo presenté. ¡Lo quiero  papi! Comprendeme—Había suplicado Inés.

—Esas fueron las últimas palabras que le escuché decir, Marta. Luego sobrevino el silencio y la pérdida. Se llevaron a nuestra hija, Marta. Fueron ellos. Lo sé. Esos hijos de puta  la secuestraron y vaya a saber dónde la tienen.

—Calmate Mario. Calmate  y caminá, que seguro algo nos van a contestar.

Sin embargo ese día chocaron contra un muro de hierro. Impenetrable y burlón. Se les  rieron en la cara con la soberbia de los imbéciles.

 Tiempo después nos enteramos por una llamada anónima, que Inés había estado en la ESMA. Que había dado a luz una nena antes morir. Teníamos una nieta ¿Pero dónde estaba?  Nosotros habíamos estado allí,  sólo a unos metros de dónde ella se encontraba y no pudimos poder hacer nada, ni siquiera tocarla. La impotencia nos desgarraba. No podíamos dejar de pensar que mientras nos  echaban quizás la hubieran estado atormentando Allí empezó el verdadero  martirio para la familia.

Nosotros, digo nosotros, porque mi mujer me acompañó abandonándolo todo, aún a Andrea que era tan jovencita. Comenzamos un largo peregrinar y golpear puertas que nunca se abrieron. Como familia de desaparecidos buscamos también asesoramiento jurídico para  ver si los encontrábamos. Descubrimos  que eso también era peligroso. Buscarlos era peligroso. ¿No era una locura que estuviera sucediéndonos esto? Para mí, meses antes, si bien temía por lo que se comentaba que sucedería en el país, me era impensable que nos atravesara una  cruz como esta. No lo podía creer, ni asimilar. Ni seguir viviendo. Respirando sin la presencia de Inés, temía no volver a estrecharla nunca más entre mis brazos.

Andrea me preocupa. La siento distante, como si la desaparición de su hermana no le importara. Pensar que eran tan unidas, pero cuando Inés decidió irse de Andecito, ese lazo pareció haberse quebrado. No la entiendo, ¿si se acercara un poco  a su madre?  Ella la necesita, aunque no lo pida. La conozco. A Marta le vendría bien que su otra hija la apoyase, pero Andrea se mantiene callada, sólo le habla al nene a veces. Está muy deprimida y se encierra casi todo el día en el dormitorio de soltera.. No veo que las cosas con Jorge estén muy  bien, aunque él la atiende y es muy trabajador. Realmente es un buen padre, se encarga del nene para todo,  porque Andrea parece estar en otra cosa. Sin embargo,  no sé definirlo, los envuelve  una frialdad que parece inmovilizarlos.

 Con nosotros no se muestran comunicativos. Yo siento como si estuviesen enojados. Nosotros también estamos enojados ¡Que va! y con mucha bronca. No con ellos, sino con los otros. Con esos malditos que nos arrebataron nuestras vidas. Nuestros proyectos, Nuestras esperanzas.

Creo que es mejor darles tiempo a estos chicos. No asfixiarlos. Tienen un nene chiquito y sus trabajos, que se yo. Ya se verá ¿Quién te dice? Quizás ellos mismos nos ofrezcan su ayuda para buscar a la nena de Inés, ahora que está confirmado que nació, que existe. Tenemos que encontrarla, sería  como rescatar a mi hija de las garras de la desmemoria, del olvido. Y yo enfermo encima, sin poder ayudar como quisiera  a Marta.

       —Pasame el diario. Quiero leer un rato, — murmuré, mientras me acomodaba en la cama del hospital.

Es terrible para mí no poder estar en la calle buscando como Marta. Para colmo, se nos tilda de terroristas ¡Pero qué terroristas! Si nosotros sólo queremos a nuestros hijos.  A nuestra Inés. A nuestra gemela.

Sin saberlo cuando revelamos la desaparición de Inés, sólo llevados por el impulso de justicia,  nos convertimos en  parte del pequeño porcentaje que hizo las denuncias ante la CONADEP. Estábamos seguros que nuestra hija  no se había ido al exterior cómo decían o con ningún noviecito. Si mi hija ni tenía pasaporte.

Y la llamada… esa comunicación oscura que nos desgarró el alma y a la vez nos llenó de esperanzas.

--No la busquen más, la tiraron desde un  avión. Había dado a luz una nena antes de morir. —de inmediato colgó.

¿Qué relación tenía esa persona con Inés? Nunca lo supimos. Sin embargo agradecimos a Dios que se hubiera animado a llamarnos.

Era difícil hacerse a la idea que nuestra hija no pertenecía más a este mar de sollozos que nos inundaba. Era inaceptable para nosotros que hubiera muerto en uno de los campos de tormento prolongado y sistemático.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

“La tiraron de un avión” No entendía eso ¿Cómo se tira gente de un avión? Parecía no haber respuestas ante ese increíble sacrificio ¿Pero quién? ¿Quienes? ¿Por qué? ¿Por qué a Inés? ¿Tanto mal había hecho para que mereciera una muerte semejante? Con el tiempo esos interrogantes se fueron contestando para adquirir tamaño de tragedia. Era cierto. Nuestra Inés había sido arrojada en uno de los tantos vuelos de la muerte. Fue una más entre las  quince o treinta personas que una  vez por semana se lanzaban sobre el río de La Plata. Al Dique San Roque y otros ojos de agua, saturados antes de altas dosis de anestesia. Arrojados  como desechos peligrosos. No podíamos concebir que Inés fuera una de ellas. De ser así, nunca la encontraríamos. No nos resignábamos a que no sólo estuviera muerta, torturada, sino que además  nunca tendríamos un cuerpo. Un cuerpo para enterrar.

Después. Siempre después, nos enteramos  que por cada detenido, los azules desgraciados utilizaban alrededor de diez  personas para secuestrar a cada uno de nuestros hijos. La cifra horrorizaba, pero era real, concreta, aunque nos resultara incomprensible. Era inimaginable que unos seres iguales a nosotros en carne y especie hubieran participado en tales horrores.

Inés ya no existía. Debíamos luchar por recuperar a nuestra nieta, estuviese donde y con quién. Eso era lo único que nos movilizaba.

Andrea nunca se repuso después de la noticia de la muerte de su hermana. Seguimos creyendo que con el crecimiento y las monerías  de Lucas  cambiaría su estado de ánimo, pero eso no sucedió. El nene es  idéntico a su madre y a su tía. Una bendición y un calvario que se dibuja desde esa carita que nos trae  la viva imagen de las mellizas cuando eran unas bebés. Creo saber que es eso lo que la aleja de su hijo.

Marta comenzó a actuar con un grupo de madres a pesar de saber que serían severamente reprimidas. Es más, creo que eso le dio a mi mujer un nuevo impulso. Actúa   como un volcán en erupción reclamando justicia.

Oídos sordos hacemos a todas esas palabras y amenazas  y continuamos con las averiguaciones  que sólo se detienen  por mi infarto. Mi cuerpo pide a gritos un poco de paz. Pero eso es  imposible, debemos de seguir la búsqueda. Se  lo debemos a Inés y a su hija. Nuestra nieta, porque nunca dudamos que la beba esté  viva. Ellos son muy inteligentes y sacarán provecho del nacimiento. De eso estamos seguros.

Pero a pesar del  empeño que pusimos no conseguimos nada y  mi estado físico  empezó a deteriorarse cada vez más. Es Marta la que anda de aquí para allá buscando, preguntando, rogando. Sí rogando porque no hubo ni un Obispo al que no visitara para implorar ayuda. Pero la Iglesia se mantiene  callada. Increíblemente con su silencio apoya  al Gobierno militar. ¿Dónde está Dios y su piedad? me pregunto. Seguro que lejos de los hombres que lo representan en este momento.

 Hace casi seis meses que estoy aquí, en el Hospital de Clínicas.  En Andecito no podían   atenderme, Mi situación de salud se complicaba cada día. Por eso, el año pasado, alrededor de mediados del  78, en pleno Mundial de Futbol me internaron. Cosa rara el futbol, parecía que a la gente sólo le importaban los goles. Diez países europeos  nos visitaron. Cuatro americanos, Irán y Túnez. El Papa desde Roma envió su bendición. Esto sí les interesaba. Los desaparecidos no eran parte de sus sagrados mecanismos.

No podía  creer lo que veía  por la tele: al son de la marcha militar, el general  de la Junta Militar condecoraba  al presidente de la FIFA durante la ceremonia de inauguración en el estadio Monumental de Buenos Aires. Parecía  un mal sueño del que no podía  despertar

 A unos pasos de la cancha funcionaba a pleno  un campo de detención. El centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Allí, en el mismo lugar donde torturaron y mantuvieron detenida a nuestra Inés. Allí donde nacía en cautiverio mi nieta. Allí, donde nos habían despedido a Marta y a mí de un portazo y una negativa.

Los únicos que tuvieron huevos para expresar sus sentimientos a la hora de recibir los trofeos fueron los jugadores holandeses. Ellos se negaron a saludar a los jefes de la dictadura.

Me acuerdo que grité asustando a las enfermeras

— ¡Arriba Holanda¡¡ y gracias. Gracias en nombre de mi hija, de mi nieta, de Juan. Gracias,  en nombre de todos los que no pueden hacerlo, carajo.

Marta me observa. Ya no me reta. Me deja hacer. Si bien me cuida,  no puede  hacerlo tanto como quisiera, las reuniones le llevan mucho tiempo. Además como se ayudan tanto unas a otras, siempre hay alguien  que necesita dedicación especial o asesoramiento. Mi mujer nunca se niega. Asegura  que   ayudando,  siente  que de alguna manera se acerca a la verdad. En eso estoy de acuerdo.

Eso sí, se pasa las noches sentada en una silla incómoda a mi lado. Duerme con la cabeza apoyada en mi cama. Luego, por la mañana parte, con la ropa arrugada que aplaca con los dedos, como si su mano fuese  una plancha. Vuelve a la nochecita y trata de reanimarme comentándome algo que seguro ya sé.

—Mario, querido. Te traigo noticias: una chica que estuvo en cautiverio con Inés me confirmó que es cierto lo que nos dijeron por teléfono. Tuvo una  nena, Mario. Se la llevaron de la ESMA a los dos días de vida. Nació bien  y dicen que tiene la carita igualita a la de Inés. Debe tener un año, más o menos,  como Lucas. ¡Mirá si la encontramos Mario! ¡Sería y milagro!

Me hago el disimulado, como poniéndome contento. No quiero  que Marta se de cuenta ni de mi desánimo ni de mi estado. Estoy convencido que serán muy pocas las posibilidades de encontrarla. Lo se. Presiento   que nunca más volveré a ver el cuerpo de Inés ni a mi nieta. Pero ella seguirá buscando. En cada pista. En cada hilo de una historia que se irá desflecando con el tiempo.

Supe que no sobreviviría a  la cacería de toda una generación. Al dolor de perder a Inés, que sabía secuestrada, torturada y asesinada Me di cuenta que ahí residía una las claves que idearon  esos hijos de puta: quebrar las mentes y los cuerpos. Conmigo lo habían conseguido Yo era una víctima más y encima una víctima enferma, moribunda, que no tenía las fuerzas suficientes para enfrentarlos. Porque como individuo y como padre me encontraba paralizado y eso me torturaba tanto como ellos lo habían hecho con Inés

Podría llorar de pena. De una tristeza antigua. Carnal y trascendente. Podría reír de euforia, de una euforia última que entra por mis ojos para extenderse en mi organismo hasta el más lejano rincón de su  universo de venas. Tan pequeño y enorme. Tan infinito y mortal.

Cierro mis ojos y trato de imaginar a Inés y a su hija. Las veo desdibujadas entre otros cuerpos que no tienen formas ni contornos. Me siento pájaro, cielo. El sol arde en mi piel  ahora que ella es viento, porque  mi princesa, mii Inés se ha convertido en mi aliento. En el aliento del mundo.

Hoy  mi mujer, vino con Andrea y el nene  No trajeron noticias. Ni buenas ni malas. Nada, Pero nada es todo y todo es el fin

Ya no camino y hablar me cuesta cada vez más. Me colocaron una inyección y ahora  los veo a todos como si pertenecieran al elenco de una obra en construcción. Mis párpados se hacen pesados y me dejo llevar profundo sólo acompañado por la mirada azul de mi nieto.

El sol declina hacia el oeste. Grandes nubes cambian de colores. Blancas, rojas, violáceas, otras se vuelven suavemente azules. El cielo es más intenso que la tierra, vibra de colores hasta enrojecerse con un fuego profundo y cambiante para  extenderse  sobre el horizonte. El viento acompaña con profundos suspiros al crepúsculo.

— ¡Algo le pasa a tu padre Andrea!

— ¡Enfermera! ¡Enfermera!